La Tertulia
DOI: https://doi.org/10.69592/2990-0255-N4-SEGUNDO-SEMESTRE-2024-ART-7
Antonio J. Quesada Sánchez
Para Sonia Calaza y Don Antonio Fernández de Buján,
queridos y admirados Maestros, este desahogo creativo
que tanto me divirtió escribir en su momento.
Homenaje, también, a esos profesores de universidad que,
además de rellenar las casillas para que te valore
adecuadamente la Autoridad competente,
también se dedican a perder (ganar) el tiempo
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Hay ideas que conviene llevar a cabo con toda la diligencia posible, si uno se atreve a intentar convertirlas en realidad. De todo hay, obviamente, pero… algunas siguen mereciendo la pena
Vuelvo a mi escritorio tras un almuerzo frugal (los viejos no necesitamos mucho más…) para seguir poniendo por escrito, sin prisa pero sin pausa, ya que el tiempo se termina para mí, algunos recuerdos de mi vida. Me siento, ahora, como aquel Adso de Melk que describiera Umberto Eco en su mítica novela, aunque es inevitable para un «lletraferit» encontrar ejemplos literarios para todo lo que hace o emprende. Me vienen más comparaciones literarias y cinematográficas a la cabeza, pero ya está ilustrada la idea: es importante que el texto, que mi texto, no pese. En todo caso, creo que merece la pena dejar algunas líneas que, a lo mejor, puedan servir a alguien en el futuro (aunque seguramente no sea así: la experiencia ajena, e incluso la propia, suele ser de escasa utilidad para enderezar el presente). Pese a que el pesimismo se apodera de mí por todas partes por las que mire, siento el impulso ético de llevar a cabo esta tarea y en ello estoy. Recordando y reinterpretando esto y aquello, pues nada hay más cambiante que el pasado, como he podido comprobar a lo largo de mi ya extensa vida. Y recuerdo con especial cariño aquellas primeras andanzas como Profesor de Universidad. Inocentes. Quijotescas. Bienintencionadas.
Primeras andanzas en las que mi propósito estaba claro: enseñar e investigar el Derecho y ofrecer a la sociedad un producto que fuese culturalmente digno pues, dicho sea de paso, esa sociedad me pagaba por hacer el mejor trabajo. Mi objetivo último: intentaba siempre no dejar un sitio peor a como lo encontré cuando llegué a él y, si era posible, aspirar a que fuese mejor. También mi centro de trabajo, claro.
La Beca de Investigación. Los primeros Congresos. La Tesis Doctoral. Publicaciones. Hijos. Divorcio. Algún otro hijo. Algún otro divorcio. Soledad. Una serie de malos poemas entre los que incrusté alguno realmente bueno. Relatos. Alguna obra de teatro que nunca se estrenó. Notas a pie de página para casi todo. Algún premio. Alguna Gran Cruz. La Cátedra. La tertulia…
¡Ay, aquella tertulia! Aquello sí que fue inocente y bonito.
¡Ay, la tertulia!
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- Entonces no os parece mala idea que nos comprometamos a hacer la tertulia una vez al mes. Y que cada mes se encargue uno de nosotros de ella y vaya preparando un buen plato para la sesión.
- Yo lo veo bien: todos estamos muy ocupados, pero una tarde de jueves al mes es asumible. Incluso para los que tenéis hijos, ¿no os parece?
- Que sí, hombre, que sí. Sabía yo que saldría el tema de los hijos. ¡Cómo se nota que eres ligero y, por la vida, vais tu sombra y tú, sin más equipaje!
- Oye, no te metas con el Club de los Faltos de Cariño, que también tenemos derecho a la vida.
- ¿Faltos de cariño? Anda, anda, si vives como el Obispo de Sión. Te quejarás, también… Si tuvieras que compaginar la redacción de trabajos científicos pretendidamente punteros (pues la ANECA aprieta) con cambiar pañales, poner y quitar lavadoras, secadoras y/o lavaplatos y fregar la terraza, entre otras tareas, te ibas a enterar.
- ¡Por favor, citar la ANECA en esta tertulia de profesores de universidad! ¡San Blas, San Blas! Huyamos de ella durante este ratito. ¡Aparta de mí este cáliz!
- No podemos: es como un ojo orwerlliano que todo lo ve. Ahora nos estará mirando, seguro…
- Y pensando: «con la de cosas útiles que hay que hacer para que yo las valore, estos locos están ahí perdiendo el tiempo».
- Bueno, pasemos a temas de organización. Vamos a ver -mira sus papeles-, el último jueves del mes se celebrará cada tertulia con nosotros y con el invitado que consideremos oportuno, y terminará anunciando la siguiente sesión. Alguien se encargará de diseñarla y trabajará todo lo relativo a ella: invitado, infraestructura adicional, etc.
- Lo veo muy bien.
- Habrá que pensar en invitados concretos, ¿no? Con nombre y apellidos.
- Sí, lo tengo en mente. Yo pensaría en personas de talla intelectual, y en colegas que puedan jugar en el campo del Derecho, pero que aporten oxígeno cultural a lo que toquen, y sobre ellos vertebrar cada tertulia.
- Sí. Es más: yo comenzaría con alguien de mucho peso intelectual. Y tengo a la persona: Antonio Fernández de Buján. ¿Os parece bien? Catedrático de Derecho Romano pero… es mucho más. No sé si habéis tenido la suerte de escucharle alguna vez: es de otro tiempo, y lo digo como elogio (y como crítica hacia lo que hacemos nosotros, claro). Es una autoridad en bastantes temas, como jurisdicción voluntaria, arbitraje, acción popular o derecho fiscal romano, por ejemplo. Escuchándole te sientes pequeñito, con ganas de encerrarte en una biblioteca a estudiar y no salir durante horas.
- ¿Derecho fiscal romano, dices? Imaginad, una tertulia sobre este tema vertebrada en torno a alguien de su talla intelectual. ¡Apuntada!
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Yo creo que mi doble personalidad enriqueció mi vida. ¿Doble personalidad? ¿Por qué reducirnos solamente a dos, si tenemos tantas personalidades dentro de uno? Cuando aludo a esa doble naturaleza personal me refiero a mi condición de profesor universitario y de creador más o menos fracasado. Utilizo la expresión «fracaso» para simplificar, pues no salí en los periódicos por mis versos ni me llamaba el Ateneo para leer cosas o me incluían en Antologías poéticas, no, y eso suele considerarse fracaso por el común de los mortales. Pero los que hemos leído y metabolizado a Kipling relativizamos eso del éxito y del fracaso, obviamente. En todo caso, lo asumo: más o menos soy un creador fracasado como creador que triunfó en otros ámbitos, como el de la docencia universitaria, y cuya personalidad creativa enriqueció las otras facetas de su vida (y, en realidad, su propia vida: siempre sostuve mirada de poeta por donde pasé, aunque escondida bajo la máscara de persona rigurosa y seria que también fui). Me sucede algo parecido a lo que ocurrió con la mitificada Revolución de Mayo del 68: fracasó como la revolución que pretendía ser, pero triunfó como reforma. Algo así vengo a ser yo, supongo. No fui conocido por mis versos, por mi narrativa o por mi teatro inédito, pero… me ayudaron a mejorar mi personalidad y, además, ahí están por algún sitio esos textos. Como Pessoa. Como Kafka. A lo mejor algún día alguien los encuentra y considera que merecen la pena.
A mí todo eso me da igual. Hace mucho que aprendí que lo importante es crear y gozar con la actividad creativa, no que la conozca todo el mundo, que no es exactamente parte del proceso creativo, sino que es marketing. Viene muy bien, sin duda, pero si uno no vive de eso, no pasa nada. Y esa mirada de creador, ese modo de vivir como creador, enriqueció mi personalidad y, ante todo, mi vida. Por eso estoy feliz de haberla mantenido en todo momento, incluso en los más complicados.
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- Oye, yo creo que debemos buscar a algún pintor, cineasta, actor, fotógrafo o artista del tipo que sea, que tenga formación jurídica y nos cuente si su formación jurídica ha influido en su obra creativa.
- Sí, me parece un modo correcto de darle vidilla a la tertulia. Además, si son conocidos pueden servir también como banderín de enganche para que a esa sesión venga más gente.
- Y yo haría también el camino contrario: juristas que, se dediquen a lo que se dediquen (jueces, fiscales, notarios, abogados, diplomáticos), hagan también sus pinitos creativos como escritor, pintor, fotógrafo…
- Sí, pero cuidando de que, en este caso, estemos ante alguien con interés. Pues no hay nada más horriblemente aburrido que un jurista que piensa que tiene gracia creativa sin tenerla.
- Sí, eso es grave. Hay que intentar que no cruce nuestra frontera.
- Hacemos como dicen que hicieron con Jaime de Mora y Aragón, cuando su hermana se casaba con Balduino: la policía cerró las fronteras del país para que no pudiera colarse el hermano díscolo.
- Sí, sin duda: aunque Jaime de Mora me caía muy bien, acepto la comparación. Esos personajes no tienen los papeles en regla y deben ser expulsados de nuestra República de las Artes.
- Hagamos como Platón, pero al revés.
- El revés es más interesante que el Derecho. Llevémosle la contraria a Camus.
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No puedo evitar ser poeta, aunque no ejerza (ni prácticamente nunca haya ejercido). Hoy, por ejemplo, he perfilado un poema o parte de poema, que todavía no sé lo que es (si es que termina siendo algo), pero estoy muy satisfecho del texto. Es el que sigue:
Leer tus versos como si fuesen de otro poeta, ya.
Pero, incauto, ¿acaso no lo son?
¿O es que sigues siendo el mismo que escribió aquello?
Leer tus versos como algo ajeno, sí.
Estoy satisfecho: ha salido como una ráfaga y debe reposar para que, en el futuro, pueda ser útil, si es que lo termina siendo. Es esencial que los textos duerman, como las personas. Que reposen. Y luego ya veremos qué pasa: nunca sé lo que puede suceder con un texto. Que sirva. Que cumpla su trabajo (esto, en mi caso, no es positivo: no escribo para que mis textos cumplan su trabajo; no soy un profesional que vive de eso). O bien. que merezcan el olvido y acaben «donde habite el olvido». Si, a mis años, sigo conservando estas sensaciones y esa mirada es que sigo vivo en todos los sentidos.
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- Yo tengo en mente a algún artista con formación jurídica, que hay bastantes (más de los que pensamos. Escritores, cineastas…). Y no olvidemos que esto lo vamos a hacer en la Facultad de Derecho y por profesores de Derecho, ¿eh? Inquietillos, pero de Derecho.
- Sí, eso puede estar bien. Oye, ¿y qué os parece contar, también, con el de Málaga? Ese que da Derecho civil y dirige aquello de «Cultura y Derecho».
- ¿Quesada? —adopta una pose pensativa—. Sí, puede ser interesante. Es medio poeta y hace cosas con cine, además de hacer estudios presuntamente serios de su asignatura, pues todavía no ha tirado la cuchara en su rama del saber.
- Yo le conozco. Puede dar juego. Es divertido. Además, le gusta el fútbol.
- ¡Anda! Entonces, apuntado. Este dará juego.
- Pero yo no lo pondría después de Fernández de Buján, porque es imposible levantar el tono, tras él. Aunque, en todo caso, puede dar juego, sí. Pensad en algo sobre Pasolini, sobre Vázquez Montalbán, sobre Umbral o sobre Sciascia, que son temas que controla perfectamente. No sé, ya pensaré algo.
- Oye, y no olvidéis la música.
- No, es cierto. Conozco a algún filósofo del Derecho que anda en esas cosas. Apuntaré para pensar algo.
- ¿Y Mishima como tema, qué os parece?
- «Mishima como problema». Chico, pareces Laín Entralgo…
- Hombre, yo lo veo ideal. Es un género en sí mismo. Además, estudió Derecho y sacó unas Oposiciones.
- ¿Las de genio?
- No, esas también, por supuesto. Unas de las nuestras, para ser funcionario que mueve papeles y cobra complementos económicos periódicamente.
- Apuntado. Me gusta.
- Apunta también algo sobre Cernuda, que también estudió Derecho.
- Y opositó para ser Secretario de Ayuntamiento, no lo olvides.
- Sí, es cierto. Menos mal que no sacó la plaza: Secretarios de Ayuntamiento conozco a muchos, pero Cernuda solamente hubo uno.
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En ocasiones lo pienso: esa doble personalidad (múltiple personalidad, como he dicho; pero escribo «doble» por simplificar, como expuse en un poema que no era malo) me ha enriquecido en todas las facetas de mi vida. Impartiendo mis clases, escribiendo mis textos científicos, paseando por la vida (soy «alguien que todavía sigue por aquí, / sin organizar escándalo, como de perfil», como escribí alguna vez). En el fondo no me siento tan distinto de esos modernistas bohemios de principios de Siglo XX, que tenían en el cuerpo muchos sueños creativos y deudas económicas, poco dinero, hambre y estrecheces vitales. Soy un Alejandro Sawa que hubiese encontrado a un mecenas personal llamado, precisamente, Alejandro Sawa, y que le mantiene. Me agrada pensar que soy mi propio mecenas, y eso me proporciona gran libertad: un bohemio creador muy poco práctico que sueña versos y otros textos y que aspira a ser un vago de reconocido prestigio, y que es mantenido por un laborioso Profesor de Universidad cargado de sexenios de investigación reconocidos que le proporciona pensión completa. Todo en uno. Me encanta la idea. Poder tener mis necesidades laborales cubiertas para poder pensar en mis cosas, como nos enseñara Jaime Gil de Biedma, sí. Y no depender de ninguna secta, de ningún tipo (política, sindical, mediática…), para ello.
Primero el estómago y luego la moral, nos decía Brecht. Primero las clases y tutorías y luego, ya, la tertulia.
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- Yo tengo contacto con un dibujante conocido, con un narrador de relatos breves con cierta fama y con un pensador que utiliza bien las ideas, pero también las palabras.
- Les conozco y… presento una Enmienda a la totalidad. El dibujante pinta poco, al narrador de relatos breves los relatos le salen excesivamente largos y el pensador se mueve por ideas ajenas y no por palabra propias, aunque es pensador bajo palabra de honor, pues en sus ilustrados trabajos es imposible deducir su opinión, bajo tanta cita en inglés y no sé qué más…
- Muy bien, con tan brillante comentario ya tuviste tu minutito de gloria warholiano. ¿Qué hay debajo?
- ¿Debajo de qué?
- Debajo de tu reflexión. Di que les odias, chico, o tendremos que utilizar torturas para lograr tu confesión.
- «La confesión», casi nada. 1970. Costa-Gavras al mando. Jorge Semprún con el bolígrafo siempre en perfecto estado de revista (y Artur London revoloteando, con su novela debajo del brazo). Yves Montand. Simone Signoret. Nominaciones por aquí y por allá. Polémica. Avispero.
- La peor tortura, la más cruel, sería tener que escrutar sus respectivos trabajos presuntamente creativos. Pero… sí, algo hay. El dibujante se cree Ibáñez, pero se conduce como «el Gran Vázquez» (nada que envidiar a nuestros pícaros del Siglo de Oro, por tanto), y no queda en él ni la raíz cuadrada de ninguno de ellos, aunque su ego puede competir con el de los otros dos, juntos, multiplicado por diez, y encima no hay quien lo aguante. El narrador está demasiado mal de la cabeza y te puede poner en un aprieto si le llevas a donde sea, incluso a recoger billetes. Y por más que busquemos anécdotas y frivolidades en nuestras historias, este tipo no es recomendable y, por tanto, no compensa. El pensador bajo palabra de honor resulta insufrible. Yo creo que habla con notas a pie de página incluso cuando coincides con él en el baño. Tiene una pequeña solución para cualquier problema (desde la receta del gazpacho hasta el mejor modo de marcar goles tras tirar una falta con barrera o la solución económica para Argentina), y siempre tiene a mano quince citas que justifiquen sus ideas, que por cierto nunca aparecen por debajo de tanta cita (en él la idea es la fotografía que hace de los temas y las autoridades que escoge para bombardearnos, pues no son inocentes, son ya una toma de posición).
- Y, además, has tenido problemas con todos ellos….
- Pues… debo confesar que sí. Me han hundido alguna que otra cosa de poca monta, pero lo suficiente como para conocerlos.
- No hay más preguntas, señoría. Levantemos la sesión temporalmente, y se reanudará dentro de media hora.
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En alguna ocasión escribí un relato titulado «El Catedrático», sobre un Catedrático que iba de tal, por la vida y por la Historia y, por tanto, era «El Catedrático», sin más. Hoy lo releo y compruebo que, pese al ajuste de cuentas que hice con cierto personaje (esto es legítimo en un creador, aunque hay que saber hacerlo de modo elegante), en líneas generales resulta un relato razonablemente salvable. No sé si lo escribiría hoy, cuando además hace tantos años que soy Catedrático de Universidad, pero el texto sigue siendo válido. Y como está inédito, se mantiene eternamente joven. Al texto le sucede lo que a esos hombres o mujeres bellos que mueren en la flor de la edad: quedan atrapados en una indefinida juventud para siempre. James Dean. Jayne Mansfield. Marilyn. Siempre serán eternamente jóvenes. A mi relato, más o menos, le sucede lo mismo. Incluye este texto que sigue, y que, pese a ser crudo, encierra una gran verdad de la vida que nunca he querido olvidar:
«El otro día me encontré al Catedrático en los baños de unos grandes almacenes. El tiempo había hecho mella en él, como en todos nosotros, y me pareció una persona muy desvalida (aunque con esa mirada altanera de siempre). Sin su Cátedra (“¿los Catedráticos mearán de otra manera?”, nos planteábamos los becarios cuando yo empecé a dar clases), sin Borges, sin Eco, sin Kristeva, sin todos esos cacharros culturales que prohíben meter en un cuarto de baño, parecía una persona casi normal».
Pobre hombre. Pobres, todos nosotros, en el fondo.
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- Oye, yo contaría también con Sonia.
- ¿Sonia? ¿Quién es Sonia?
- ¡Ay, Dios mío! No hace falta que vayas por ahí gritando por las esquinas que no tienes idea de Derecho Procesal ni te interesa, no. Ya se nota por sí solo, ya. Basta que no sepas que, cuando se habla de Sonia, no puede ser más que Sonia Calaza.
- Sonia Calaza. Catedrática de Derecho Procesal, bellísima persona y brillante intelectual.
- Sí, la conozco y doy fe de ello.
- Ahora que dices el nombre, sí que he escuchado su nombre, sí. Aunque es verdad que en temas procesales estoy poco puesto…
- Pues apunta este nombre, que sin ella estas tertulias serían otra cosa. Peor, sin duda.
- Vale, tomo nota.
- No dejes de hacerlo. Tenemos que traer a Sonia.
- Me gusta la forma que va tomando este bello proyecto. Me gusta la forma que va tomando nuestra tertulia.
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He hecho muchas cosas en la vida, tanto en el ámbito profesional como en el personal. No tiene especial mérito: tengo muchos años. Si no era zote del todo, supongo que no era difícil llenar esos años de actividades.
Dejaremos al margen lo personal, que tampoco tiene especial relevancia para mí en este recuento (amoríos mejor o peor culminados, parejas, ex-parejas, hijos, ex-hijos casi, amigos, ex-amigos, enemigos…). En lo profesional he pegado tiros en muchos frentes, y he bailado todas las músicas que tenía que bailar para poder ser yo el que terminara poniendo y quitando el disco. Congresos, libros, capítulos de libros, clases, citas registradas, etcétera. Largo etcétera, pues cada equis tiempo llegaba otro gobierno y cambiaba el sistema de valorar nuestra actividad profesional (y, con ello, la filosofía imperante y los méritos a tener en cuenta para esto o lo otro). Desolador panorama: me consolaba pensando que en el Siglo XIX un nuevo gobierno cambiaba la Constitución en este país todavía llamado España, y ahora simplemente se cambiaba la cara al sistema educativo.
Pero, si tengo que escoger aquello que me hizo más feliz en la vida, hoy no tengo duda alguna: fue la tertulia. Duró lo que duró, no nos dio dinero (es más, nos costó dinero y algunas relaciones), además de que en la Facultad se nos miraba como a un grupo de bohemios inútiles muy parecidos a esos que describe el gran Cansinos Assens en su mítica obra «La novela de un literato».
Mas las vivencias no se pagan con dinero. El oxígeno que aquello dio a nuestros días, y las personas con las que tratamos, no se paga con dinero, no.
La tertulia. Inolvidable tertulia.
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Hay ideas que conviene llevar a cabo con toda la diligencia posible, si uno se atreve a intentar convertirlas en realidad. De todo hay, obviamente, pero… algunas siguen mereciendo la pena.
Sí: es totalmente cierto.