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Relato de la libertad: origen, historia, vigencia y futuro de la democracia

DOI: https://doi.org/10.69592/3020-8378-N3-2026-ART-29

Narrative of freedom: origin, history, relevance, and future of democracy

José Guédez Yépez

Centro Iberoamericano de Comunicación Política
jguedezy@gmail.com

Resumen: Este ensayo examina la evolución histórica de la libertad individual y de la democracia desde la perspectiva isonómica —igualdad ante la ley— como fundamento del Estado de derecho liberal y los derechos humanos. Se argumenta que la verdadera antítesis de la democracia no es una ideología política concreta, sino la tiranía en cualquiera de sus formas, y que la protección de los derechos humanos constituye el núcleo irreductible que distingue los sistemas democráticos de los despóticos. Frente a los desafíos emergentes del siglo XXI —populismo, digitalización, polarización algorítmica y Estados fallidos— el ensayo concluye que la vigencia efectiva del principio isonómico, entendido como igualdad jurídica y libertad política dentro de un Estado de derecho, sigue siendo la única garantía sostenible del pluralismo y la convivencia pacífica.

Palabras clave: democracia; isonomía; Estado de derecho; Derechos Humanos; libertad.

Abstract: This essay examines the historical evolution of individual freedom and democracy from an isonomic perspective—equality before the law—as the foundation of the liberal rule of law and human rights. It argues that the true antithesis of democracy is not any specific political ideology, but tyranny in any of its forms, and that the protection of human rights constitutes the irreducible core that distinguishes democratic systems from despotic ones. In the face of emerging challenges in the 21st century—populism, digitalization, algorithmic polarization, and failed states—the essay concludes that the effective validity of the isonomic principle, understood as legal equality and political freedom within a rule-of-law framework, remains the only sustainable guarantee of pluralism and peaceful coexistence.

Keywords: democracy; isonomy; rule of law; human rights; freedom.

I. La democracia antes de la democracia

La prehistoria es el período más largo de las cuatro etapas históricas de la humanidad. Es todo lo que pasa desde la aparición de los primeros homínidos antecesores del ser humano actual hasta la invención de la escritura hacia el año 3500 antes de Cristo. El Homo sapiens prospera y se extiende por todo el mundo comenzando una revolución tecnológica, que es lo que nos define como especie y que sigue su curso hoy. La domesticación del fuego, los animales y las plantas, dan cuenta de dicho progreso tecnológico.

Una vez inventada la agricultura y la ganadería, pasamos de ser nómadas que cazaban y recolectaban alimentos a establecernos en ciudades durante el neolítico. Nuestra dieta se redujo a los alimentos que podíamos domesticar en poblaciones sedentarias donde había periodos de excedentes y escasez, originándose los conceptos de propiedad y comercio. Luego, se comienzan a fusionar los metales para fabricar armas, herramientas sofisticadas y objetos de decoración. Crecen las civilizaciones con división del trabajo y se conforman los primeros Estados, que en un principio fueron teocráticos. Finalmente, la necesidad de contabilizar el ganado y la cosecha da como resultado la invención de la escritura, que permitió el registro histórico de la humanidad en las etapas sucesivas.

Imaginemos a nuestra especie luego de haber dominado el fuego y de haber inventado la agricultura y la ganadería. Había controlado ya el entorno natural, creando su propio entorno ficticio. Había llegado hasta ahí por su intelecto, por su capacidad de dudar y de imaginar. Sentía que lo controlaba todo, pero pronto se dio cuenta de que había cosas que no dependían de su voluntad, como, por ejemplo, las lluvias y sequías que generaban escasez o abundancia, o fenómenos naturales devastadores como la erupción de un volcán o un terremoto. Juzgando por su propia condición, supuso que esa fuerza superior que no podía someter no era azarosa y tenía también voluntad, una voluntad superior que solo podía controlar rindiéndole tributo, sacrificios y adoración. La religión y la ciencia tienen un mismo origen, ambas son tecnología humana, porque son ideas de la conciencia producidas para intentar dominar las circunstancias, incluyendo la más difícil de todas: la muerte.

Hace doce mil años nos convertimos en seres sociales, construyendo un sistema colectivo de convivencia basado en una cultura compartida. Desde entonces vivimos en un mundo de ideas y conceptos, creado por nuestra conciencia que, a su vez, originó el lenguaje y luego la escritura para comunicarlas y pasarlas de generación en generación. El orden y la estabilidad social dentro de un hábitat civil se convirtieron en necesidad, para lo cual se instauró el concepto de autoridad.

Desde la Edad de Piedra se han construido templos y monumentos en torno a los cuales se comenzaron a congregar comunidades cada vez más grandes unidas por un mito común. La vida colectiva en torno a un mismo espacio fijo instituyó la necesidad de un orden civil, que en un principio se delegaba en una persona que tenía la última palabra tanto en lo religioso como en lo político, y cuyo poder pasaba de generación en generación a través del linaje. La religión fue una idea de cooperación que a la larga generó sociedades complejas, civilizaciones y Estados.

Desde el mismo momento en que se creó la autoridad civil y el poder político, también surgió la necesidad de justificar su legitimidad. Incluso en el caso de las monarquías absolutas y teocráticas, el tema de la legitimidad de la sucesión era una norma que debía observarse y que era considerada una cuestión pública de Estado. El rey debía dejarle el poder a un descendiente engendrado legítimamente; su poder tenía al menos ese límite, ya que no podía nombrar arbitrariamente a su sucesor. Este fue posiblemente la primera frontera del poder, el cual debía responder a un linaje bajo la creencia de que se trataba de un derecho divino. Al igual que la religión, el poder político fue un sistema de cooperación basado en ideas y conceptos derivados de la conciencia humana en procura de un beneficio, o para resolver una necesidad. El representante de Dios en la tierra y la pureza de su linaje fue quizá el primer sistema político que originó, a su vez, los primeros grandes imperios.

Desde entonces, los sistemas políticos se han democratizado e institucionalizado; esa es la tendencia, pero siempre han estado amenazados por su antítesis, las tiranías, donde se ejerce el poder sin reparo ni obstáculo, con la única justificación de la fuerza bruta, lo que es una regresión a la ley de la selva. No en vano, las ideologías que apelan al supuesto pasado idílico basado en el mito del buen salvaje terminan en tiranías. La verdad es que no existe ese pasado idílico a menos que se trate también del complejo de la evolución que nos hace añorar el Edén o la selva africana. Al contrario de lo que puede pensarse, las características de nuestra civilización actual son esencialmente las mismas que han existido siempre, al menos, a partir del neolítico. Lo que ha existido desde entonces es una lucha entre certidumbre y arbitrariedad, entre opresión y libertad, entre absolutismo y pluralismo.

Los datos demográficos no dejan lugar a dudas: la vida en sociedad bajo sistemas económicos y políticos estables generan periodos de estabilidad y progreso colectivo con aumentos vertiginosos de la población. El pensamiento científico, el libre comercio y la legalidad se fueron desarrollando como consensos sociales, hasta consolidarse en la antigüedad un sistema que lo cambió todo: la democracia.

II. La democracia en la antigüedad: el origen de la isonomía

La democracia nace en Grecia, específicamente en Atenas, en el siglo sexto antes de Cristo, en medio de las dos grandes civilizaciones de la antigüedad, los Imperios persa y egipcio. Atenas había sido gobernada por Pisístrato, un rey moderado que reclamó el poder para sí. Redujo impuestos, otorgó préstamos y promovió el comercio marítimo. Luego gobernó su hijo Hipias (527 a. C.), quien se convirtió en tirano, volviéndose cruel y despiadado. Por tal razón, su primo Clístenes le dio un golpe de Estado, siendo al poco tiempo derrocado y desterrado a manos del aristócrata Iságoras, que gobernó Atenas aliándose con la ciudad-Estado de Esparta.

Pero luego pasó lo impensable: una rebelión popular en contra del nuevo tirano y sus aliados espartanos tuvo éxito. Era el año 508 antes de Cristo; por primera vez en la historia triunfaba una rebelión popular espontánea contra el poder constituido. Los atenienses trajeron de vuelta a Clístenes para restituir su gobierno. Lo que pasó a continuación fue lo que después se conoció como democracia, un sistema de gobierno popular donde los ciudadanos en asamblea decidían por mayoría todo lo concerniente a la administración. Clístenes diseñó un sistema donde tanto ricos como pobres participaban por igual. Nace el parlamento democrático y el voto simple que se ejercía con piedras blancas y negras. Por primera vez el pueblo gobernaba.

A partir de entonces se consolidó una civilización majestuosa. Como señala Russell (1945/2010) en su Historia de la Filosofía Occidental, pocas etapas resultan tan sorprendentes como la repentina aparición de la civilización griega, cuyos logros en los campos de las matemáticas, la ciencia y la filosofía son aún más excepcionales que sus logros artísticos y literarios (p. 3).

Pero el nombre original de este revolucionario sistema de gobierno no fue democracia, sino isonomía, que significa igualdad ante la ley. De hecho, antes de la democracia como tal, en Atenas existió el principio de legalidad y Estado de Derecho a partir de las primeras leyes escritas de Dracón y las reformas de Solón, que consolidaron un texto constitucional sin precedentes, en el que se ampliaba la ciudadanía y se establecían cuatro clases sociales con derechos y deberes específicos, separando el poder y creando una asamblea y un tribunal popular. Las leyes se publicaban en la plaza pública denominada ágora y los pobres las conocían. El principio de isonomía —del griego isos, «igual» y nomos, «uso, costumbre, ley»— es la piedra fundacional de la democracia ateniense, considerado como la igualdad de derechos civiles y políticos de los ciudadanos. Era el término original con el que se denominó el sistema consolidado por Clístenes, que en la práctica representaba lo contrario a la tiranía y al ejercicio ilimitado del poder.

Este principio de isonomía también consigue antecedentes en Babilonia, desde el famoso código de Hammurabi en 1792 a. C. hasta el cilindro de Ciro el Grande tan solo décadas antes del milagro ateniense. En ambos casos se trataban de leyes escritas que regían para toda la población y que debían ser respetadas hasta por el rey que las promulgaba, quien, a su vez, debía garantizar su cumplimiento. En ellas se pueden rastrear vestigios incluso de derechos humanos como la presunción de inocencia y la libertad religiosa.

Lamentablemente, el término «isonomía» se perdió en el tiempo siendo sustituido enteramente por el de «democracia», reduciendo el concepto al carácter popular de la forma de gobierno y olvidando su principal utilidad: limita el poder y les otorga derechos a los ciudadanos. Desde la antigüedad se puede observar la diferencia entre el ejercicio absoluto, arbitrario e ilimitado del poder, y los sistemas legalistas con igualdad jurídica. No importa si el gobierno es monárquico o popular; la clave está en los límites del poder y la igualdad ante la ley.

No es casualidad que la filosofía y la ciencia hayan nacido al mismo tiempo que la democracia. Desde la escuela de Mileto hasta Aristóteles, los griegos sintieron la necesidad de entender y explicar el mundo a través de la investigación racional. Esta es la consecuencia de renunciar a una verdad revelada para asumir la responsabilidad de buscarla por métodos propios. Algo totalmente revolucionario en ese tiempo.

Mientras tanto, en Roma la aristocracia había derrocado la monarquía y establecido la República romana, creando instituciones y redactando leyes para proteger los derechos de los ciudadanos, al tiempo que el pueblo podía elegir a los senadores. Al igual que los griegos, la vida pública se desarrollaba en la plaza central de la ciudad, llamada en este caso Foro. Iban encaminados igualmente a la isonomía, sustituyendo la arbitrariedad y el dogmatismo por la legalidad y el racionalismo. Era la primera vez que los gobernantes no eran considerados enviados de Dios; por lo tanto, debía crearse un sistema plural que estuviera por encima de la voluntad de un solo hombre. Fue el origen del concepto de ciudadanía como hombre libre con derechos y deberes igualado por la ley.

Así comenzó la democracia, pero el experimento fue abortado por culpa de ese antagonista, que muchas veces es engendrado en su propio seno: la tiranía. Tanto la república romana como la ciudad Estado de Atenas, derivaron en imperios absolutistas, perfectamente rastreables a partir de la aparición de Alejandro Magno en Grecia y Julio César en Roma, máximos exponentes de esa distorsión de la democracia denominada de muchas formas: dictadura ilustrada, caudillismo militar o gendarme necesario. Pero gracias a las ironías de la historia, ambos expansionismos imperialistas esparcieron también por hasta tres continentes las semillas de la actual cultura occidental, abonando el terreno para el renacer de la democracia en la modernidad.

III. La democracia en la edad media: el eslabón perdido

Quinientos años después de Julio César, caía el Imperio romano de Occidente, dando paso a la etapa histórica conocida como la Edad Media. Durante el Imperio romano se había seguido extendiendo y ampliando el concepto de ciudadanía, a pesar de que el gobierno era autocrático. Eso, y el legado legislativo del derecho romano, compilado por el emperador Justiniano y base fundamental del ordenamiento jurídico todavía vigente en la mayor cantidad de países del mundo, son los grandes aportes de la Roma antigua al Estado de derecho moderno y a la democracia como sistema.

Tampoco es del todo cierto que la Edad Media representó un retroceso absoluto en comparación con la antigüedad. En primer lugar, se sustituyó la esclavitud por el sistema feudal, antesala del capitalismo actual. El esclavismo entró en crisis por la moral cristiana y en parte también por la crisis económica que obligó a los campesinos a ceder sus tierras a señores a cambio de autoconsumo, migrando al modelo feudal. Se originó la burguesía de los oficios como clase social antecesora de la clase media profesional y democratizadora de la nobleza. También se crearon los gremios y las universidades.

Sin embargo, la mayor regresión en cuanto a los valores democráticos fue la confusión entre Estado y religión, heredada por el catolicismo romano y luego exacerbada por la aparición del islam y su expansión territorial. El vacío dejado por las instituciones romanas luego de la caída del Imperio de Occidente fue llenado por el dogma religioso, a pesar de la queja de Dante Alighieri quien, en su obra De Monarquía, abogó por la separación entre Estado e Iglesia.

Pero hay que resaltar que el cristianismo introdujo un elemento fundamental para el pensamiento democrático: la universalidad. La idea de un Dios universal que quiere a todas las almas por igual abonará el terreno de la incipiente idea de la igualdad ante la ley y, más tarde, la de los derechos humanos universales. También es preciso reconocer en este período el aporte de la ciencia árabe, desarrollada en lo que se conoce como la edad de oro del islam a partir del siglo VIII.

También en esta etapa histórica hubo al menos dos antecedentes directos de la democracia moderna: Las cortes de León convocadas por Alfonso IX en 1.188 y la Carta Magna promulgada por el monarca inglés Juan sin Tierra en 1.215. Son los orígenes formales del parlamentarismo y constitucionalismo que conocemos actualmente. En ambos casos el poder absoluto de autolimitó para otorgarle derechos al menos a una parte de la población.

En el caso de la Carta Magna de las Libertades, se establecieron límites al ejercicio del poder del Rey y se consagraron derechos civiles como el de propiedad, libertad religiosa y debido proceso, entre otros. Fue el renacer del concepto original de isonomía que se basa en limitar el poder y garantizar derechos civiles. Aunque su vigencia fue intermitente y precaria, sirvió de referencia para que luego, en 1.689, el parlamento inglés aprobara la famosa Declaración de Derechos (Bill of Rights), estableciendo la división de poderes en la monarquía parlamentaria inglesa, con dos cámaras legislativas y un Poder Judicial independiente.

IV. La democracia en la modernidad: constitucionalismo y derechos fundamentales

Después de la peste negra que azotó Eurasia a mediados del siglo XIV, nada fue igual. Luego del fallecimiento de un tercio de la población conocida, Europa no tuvo más remedio que entrar en el Renacimiento. La concepción religiosa de que la vida terrenal era un castigo transitorio hacia la vida plena y eterna después de la muerte dejó de tener sentido y Europa le abrió las puertas al humanismo. La caída de Constantinopla hizo que llegaran a Italia todos los manuscritos clásicos de la antigüedad, donde redescubrieron a los filósofos griegos. Esto, aunado a la invención de la imprenta, generó una democratización del conocimiento sin precedentes hasta entonces.

Es en este escenario tan vibrante en el que entra en escena de nuevo la democracia como ideal, específicamente en el siglo XVIII, conocido como el de la ilustración. Montesquieu y Locke preparan el terreno; el primero con su ensayo El Espíritu de las Leyes (1748/2007), que profundiza magistralmente sobre el límite y división del poder, y el segundo con el acta de nacimiento del liberalismo, el Tratado sobre el Gobierno Civil (Locke, 1689/2004). Aunque no se rescata el vocablo, al menos se reivindica el significado original de isonomía, apuntando a la igualdad jurídica y a la libertad política, ya no bajo el esquema clásico de democracia participativa directa, sino en un contexto propio de los nuevos Estados Modernos, que por su tamaño debían contar con un sistema representativo indirecto.

Quien mejor zanja esta diferencia entre el concepto clásico y el concepto moderno de democracia es Benjamin Constant de Rebecque, cuando el 20 de febrero de 1819 pronuncia en el Ateneo de París su famoso discurso conocido como «De la libertad de los antiguos comparada con la libertad de los modernos». Constant (1819/1989) distinguía entre la libertad de los antiguos, entendida como participación activa en el poder colectivo, y la libertad de los modernos, orientada a la seguridad de los goces privados y las garantías que las instituciones acuerdan a esos goces (p. 68).

Ya para entonces había tenido lugar la Revolución de 1688 en Inglaterra en la que el parlamentarismo sustituyó el Antiguo Régimen, superando la sociedad estamental, el absolutismo monárquico y el feudalismo. Fue Inglaterra la cuna de la nueva democracia liberal, con tolerancia religiosa y sustituyendo los privilegios por la igualdad jurídica. En Francia, en cambio, sucedió lo que tantas otras veces: la revolución que había derrocado una monarquía absoluta no pudo consolidar la República y devino en tiranía hasta la llegada de un nuevo emperador, Napoleón Bonaparte. Otra vez el caudillo militar o gendarme necesario. No obstante, los ideales de la revolución francesa sirvieron de inspiración tanto en Europa como en América, donde las colonias se independizaron, convirtiéndose en repúblicas constitucionales.

El constitucionalismo como la forma definitiva de limitar el poder y establecer derechos fundamentales entró en auge, desde los experimentos de Rousseau para Polonia y Córcega a mediados del siglo XVIII hasta la Declaración Universal de los Derechos Humanos en el siglo XX, pasando por la Constitución de Cádiz en España y la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de la Revolución Francesa.

El filósofo Kant describió la ilustración como la liberación del hombre de su culpable incapacidad (Kant, 1784/2009). Mantiene que el uso adecuado de la razón conduce a la autonomía humana y que el requisito principal para tal fin es la libertad. En esta etapa, el saber se hace accesible y la escolarización obligatoria. La burguesía, que se rebeló contra los señores feudales, fue el motor de todos estos cambios.

Al igual que en la antigua Atenas, se trató de una revolución exitosa que generó progreso, movilidad social y democratizó no solo el poder, sino también la economía con la aparición de la clase media. La democracia y su principio esencial de isonomía habían echado raíces en Occidente como nunca antes.

V. La democracia contemporánea: derechos humanos, amenazas y desafíos emergentes

El siglo XIX comienza marcado por el pensamiento idealista de Hegel y su sistema dialéctico basado en la superación de las contradicciones históricas, ubicando la democracia liberal y la libertad que esta genera como una idea ya sin contradicción. Pero este esquema hegeliano de tesis, antítesis y síntesis, les abrió las puertas a los llamados filósofos de la sospecha: Marx y Nietzsche, quienes van a predecir otros finales de la historia.

Marx se apoya en la dialéctica de Hegel para plantear la lucha de clases como el motor de la historia y pronosticar la dictadura del proletariado como una especie de venganza histórica ante el capitalismo industrial que estaba en auge. Por su parte, Nietzsche declara la muerte de Dios con su nihilismo y plantea al Superhombre como la síntesis definitiva. Estos filósofos crearon las bases teóricas del comunismo y el fascismo, respectivamente, que constituyeron en el siglo XX las regresiones democráticas más dramáticas, siendo todavía amenazas latentes. No es casualidad que ambos coincidan en su crítica al pensamiento clásico griego.

En el siglo XX se evidenció que las utopías, tanto comunista como fascista, no eran más que neo tiranías en las que los ciudadanos perdían su libertad y sus derechos, al tiempo que se elimina toda frontera al poder, pero con un elemento nuevo que las diferencias de las tiranías clásicas: el totalitarismo basado en el mito del hombre nuevo. Al estar sustentadas en ideologías, se convierten en dogmas absolutistas. En cambio, la democracia liberal siguió evolucionando y el principio de isonomía se fue profundizando junto al progreso científico.

Por ejemplo, los derechos de los trabajadores fueron mejorando gracias a la lucha sindical, lográndose la reducción de la jornada laboral, la mejora de los ambientes laborales, las vacaciones y otros avances. Por su parte, las mujeres no solo se convirtieron en ciudadanas con los mismos derechos que los hombres, incluyendo el voto, sino que, además, los avances tecnológicos fueron otorgándoles una libertad inédita, comenzando un cambio cultural todavía en desarrollo en favor de la igualdad de género.

Más tarde, en su obra El conocimiento inútil, Jean-François Revel (1988/1993) denunció que las democracias del siglo XX habían sido amenazadas en su existencia por dos enemigos totalitarios —el nazismo y el comunismo— decididos, por doctrina y por interés, a hacerlas desaparecer, y que en los países democráticos se había negado durante mucho tiempo ver en el comunismo un totalitarismo equivalente al fascismo (p. 42). Esta advertencia temprana sobre el peligro de la equiparación falsa sigue siendo relevante hoy.

Al final, el comunismo fue cayendo por su propio peso, no sin antes generar hambrunas épicas, exterminios políticos, éxodos masivos y un dolor humano incalculable. Luego de la caída del muro de Berlín, Fukuyama (1992) reedita a Hegel proclamando el fin de la historia con el triunfo de la democracia liberal sobre el comunismo. Pero nuevamente fue malinterpretado como un pensamiento único y definitivo, sin tener en cuenta que es todo lo contrario: la superación del dogma por un sistema generador de pluralidad política y libertad de conciencia.

Pero la antítesis de la democracia liberal hoy en día no es ni el comunismo ni el fascismo, sino una especie de hijo engendrado por ambos. China, luego de haber experimentado en carne propia la tragedia comunista, decidió abrazar el libre mercado en el marco de una economía mixta, pero bajo un gobierno autocrático, sin elecciones, libertades civiles ni separación de poderes. Rusia evolucionó de forma similar, y actualmente en Occidente las democracias iliberales gozan de una popularidad creciente.

Se trata del enemigo interno de siempre, el populismo, ese fenómeno capaz de destruir las democracias desde dentro y de forma inadvertida. No se trata ya de acciones militares directas contra los sistemas de gobierno, sino de un desgaste paulatino que termina en autodestrucción y desconsolidación interna. Los ciudadanos van perdiendo confianza en las instituciones democráticas, hasta preferir opciones populistas antisistemas.

Actualmente, estamos comenzando la era digital, que ha sido catalogada ya como la cuarta revolución industrial. Los paradigmas sociales están cambiando vertiginosamente y el debate político ideológico comienza a lucir obsoleto frente a los nuevos retos. Se está conformando una polarización peligrosa aumentada por los algoritmos digitales. La inteligencia artificial es cada día más poderosa, pero no cuenta con nuestra conciencia, por lo que no puede diferenciar entre lo bueno y lo malo.

Los algoritmos recompensan la polarización abonando el terreno para el pensamiento dogmático absolutista y excluyente que simplifica la realidad con el dualismo de siempre. Lejos de crear diversidad y pluralismo, hasta ahora vemos un comportamiento tribal en la comunicación digital, con simplificaciones colectivas en tiempo real bajo el fenómeno conocido como la posverdad. Como advirtió Revel (1988/1993, p. 18) antes de que todo esto pasara: el enemigo del hombre ya no es la ignorancia, sino la mentira.

VI. El futuro de la democracia

El gran problema del siglo XXI es, de lejos, la precarización del salario y la creciente incapacidad del trabajo de generar bienestar social y crecimiento económico, al punto que ahora mismo sería muy difícil dilucidar de qué van a vivir las nuevas generaciones. Antes la educación era una inversión segura y con ella se garantizaba un buen futuro. Hoy es casi un lujo, y a veces un mal negocio: no garantiza el retorno de su coste ni la emancipación del joven. Antes existía movilidad social: con educación y trabajo se mejoraba la vida y se acumulaba patrimonio. Hoy, por más títulos y esfuerzo que se haga, solo unos pocos vencen a la inflación real mientras la mayoría sobrevive sin ahorro ni posibilidad de adquirir bienes. En resumen: antes se podía vivir del trabajo; ahora, no.

Se trata de la causa de la mayoría de los males actuales, incluida la polarización política que tensiona a las democracias liberales. El fenómeno es claro: los profesionales se han convertido en los nuevos obreros. En el siglo XX un universitario podía comprar vivienda, sostener una familia con un solo sueldo, tener acceso a salud y jubilación digna, y acumular patrimonio. En el XXI, incluso con más formación y productividad, apenas sobrevive: paga alquileres imposibles, arrastra deudas estudiantiles, tiene salarios estancados que no cubren el coste de vida y apenas sueña con ahorrar. La promesa del trabajo como vehículo de ascenso social se ha roto. El capitalismo que generó prosperidad en el siglo XX se ha transformado en un capitalismo financiero que ya no redistribuye riqueza a través del trabajo.

Y aunque la Inteligencia Artificial. no es la causa del problema, amenaza con acelerarlos a niveles catastróficos, porque a diferencia de revoluciones anteriores, la IA no está sustituyendo músculos, sino cerebros: es competencia directa de los profesionales. De hecho, ya se estima que en dos años desaparecerá la mitad de los empleos junior de oficina. Ya se habla de la renta básica universal como una solución legítima, sin reparar en que la misma consiste en vivir del Estado con un criterio de igualdad al estilo comunista. Esta es la verdadera causa de la polarización política actual y el auge del populismo. Porque al ser el sistema lo que falla, las soluciones antisistema se hacen populares.

Entre la publicación de «Así habló Zaratustra» de Nietzsche en 1883 y «El Fin de la Historia y el Último Hombre» de Fukuyama en 1992, se puede enmarcar el último siglo de plena vigencia de la Edad Contemporánea, que luego comenzó a desdibujarse para darle paso al tiempo actual que todavía no tiene nombre. La primera tesis retrató el fin del dogma religioso, y la segunda el fin del dogma ideológico. Matamos a Dios y luego nos suicidamos. Es la época del león que sustituyó al camello y engendró al niño.

La llamada generación Z (los nacidos entre 1997 y 2012) parece ser la personificación de ese niño que debe rehacerlo todo. Acaba de nacer y por eso la sensación actual es de pura incertidumbre. Pasamos de la creencia a la idea, y de la idea a la identidad: del «yo debo», al «yo quiero» al «yo soy». Con la IA hemos delegado a la máquina nuestra única función como humanos: pensar. Y ahora no sabemos ni lo que somos. Por ahora, solo sabemos que los paradigmas heredados ya no tienen vigencia. Según Peter Thiel, habrá que escoger entre el Armagedón o el Anticristo, entre el fin del mundo o la dictadura global. ¿Tan cara se puso la libertad?

El caso es que esa generación Z será la primera en mucho tiempo que no cuente en términos generales con la garantía de un trabajo estable y un sueldo ascendente. Su esfuerzo y formación no serán suficiente para afrontar un horizonte de longevidad también inédito. Tampoco contarán con los consensos liberales propios de un Estado moderno y constitucional que garantizan la convivencia pacífica y las libertades individuales.

Tendrán que construir sus propios valores, como predijo Nietzsche, sorteando estas circunstancias inéditas. Algunos nostálgicos intentarán rescatar dogmas religiosos o políticos, pero cada uno desde su trinchera y sin posibilidad de imponerlo colectivamente. Porque parte del problema es que la segmentación algorítmica se traduce en la práctica en ausencia de opinión pública (creencias compartidas y estados de ánimo colectivos), la cual, según Ortega y Gasset, es en el fondo la verdadera fuente de legitimidad del mando pacífico.

El resultado hoy es imposible de vislumbrar. Lo más difícil será identificar la Bastilla, porque, como ha explicado ampliamente Moisés Naím, el poder ya no es lo que era antes y se encuentra diluido. No hay palacio que tomar ni rey que destronar. El nuevo Leviatán parece tener la ventaja de permanecer invisible frente a nuestros ojos. Ya no es el Estado. Tampoco hay vanguardia organizada, porque el hombre masa, convertido en influencer, ha ocupado todos los espacios. Pero el niño crecerá y forjará su propio destino, pasando de la polarización de los leones decadentes a los nuevos consensos sociales. Deberán conquistar el poder para darle sentido a su vida y hacerla sostenible económicamente. Dependen de ellos mismos.

Ni Armagedón ni Anticristo, es la hora de construir un Arca para sobrevivir la crisis y rehacerlo todo después. La tormenta ya comenzó.

VII. Epílogo: pensamiento científico y convivencia pacífica

El científico Carl Sagan asoció la ciencia con la democracia acuñando la siguiente frase: «La ciencia no es un instrumento perfecto, pero es el mejor que tenemos. En ese sentido, como en muchos otros, es como la democracia» (citado en Shermer, 2002, p. 31). Entender esto es esencial para comprender el verdadero concepto de democracia, no solo por su imperfección, sino porque, en realidad, se trata de un sistema, de un método, de un modelo, de un instrumento. Por tanto, es un medio y no el fin, el mejor que tenemos, el mejor que se haya inventado para la convivencia social en paz y libertad.

En ambos casos —ciencia y democracia— se trata de la superación del dogma absolutista y de la verdad definitiva. Es el ciudadano asumiendo la duda como virtud y usando su conciencia sin complejos, más allá de paraísos celestiales o utopías terrenales. Como todo modelo es medible, siendo perfectamente constatable si sus principios se cumplen o no.

La democracia es una realidad que existe o no existe, siendo su verdadera antítesis desde siempre la tiranía o el despotismo en los términos descritos por Platón y Montesquieu en sus respectivas obras maestras La República y El Espíritu de las Leyes, escritas con más de dos milenios de diferencia, y, aun así, coincidentes en la caracterización del mismo fenómeno.

En el libro octavo de La República, Platón (380 a. C./2003) pone en boca de Sócrates una descripción precisa del ciclo de vida de la tiranía: el protector del pueblo que, mediante acusaciones calumniosas, arrastra a sus adversarios ante los tribunales, destierra a sus rivales y propone la abolición de las deudas y la nueva distribución de tierras, hasta convertirse inevitablemente en tirano; el mismo que en los primeros días de su dominación sonríe graciosamente a todos los que encuentra, hace pomposas promesas en público y en particular, y mantiene siempre en pie algunas semillas de guerra para que el pueblo sienta la necesidad de un jefe (pp. 238-242). Basta leer estas líneas para darse cuenta de que pocas cosas han cambiado sobre este respecto desde la antigüedad.

Montesquieu (1748/2007), por su parte, describe el despotismo como aquel gobierno en que uno solo, sin ley ni regla, lo dirige todo a voluntad y capricho, cuyo principio es el temor, y en el que todo está perdido si el príncipe deja de tener el brazo levantado (Libro II, cap. 1). Y añade la observación que permanece como una de las más citadas del pensamiento político moderno: para que no pueda abusarse del poder es preciso que, por la disposición de las cosas, el poder contenga al poder (Libro XI, cap. 4).

La culpa del fracaso democrático es, muchas veces, de las ideologías políticas contemporáneas que han centrado el debate en la falsa polarización de izquierdas y derechas, olvidando el verdadero y clásico dilema entre democracia y dictadura, entre libertad y opresión, entre gobiernos moderados y tiranías, entre pluralismo y totalitarismo.

Si la democracia es como la ciencia, entonces se puede traducir en leyes y fórmulas. Todo poder tiene límites: en democracia el poder se acota en intensidad, ámbito y tiempo, garantizando la alternancia y su separación efectiva para el contrapeso institucional. Incluso la mayoría tiene como frontera los derechos de las minorías y los principios constitucionales. Toda persona tiene derechos: la igualdad ante la ley es la clave de la democracia, la cual debe garantizar a todos los ciudadanos sus derechos y libertades fundamentales. Y toda autoridad debe ser legítima: los representantes populares deben ser escogidos en procesos electorales transparentes y limpios, apegados a leyes predeterminadas y celebrados de forma periódica.

Si esas tres premisas se comprueban, entonces estamos hablando de un sistema isonómico o democrático. En definitiva, la democracia es la suma de la igualdad jurídica y la libertad individual, dentro de un sistema plural y legalista, regido por representantes legítimos. La democracia no es una ideología; no es de derechas ni de izquierdas: es un sistema cuya única alternativa es la tiranía.

Pero este sistema debe tener dolientes, que son los ciudadanos, organizados o no. Como dijo Bertrand Russell en una entrevista televisada de mediados del siglo XX al ser invitado a dejar un mensaje a las generaciones futuras: en lo intelectual recomendó mirar únicamente los hechos a la hora de analizar cualquier tema, sin dejarse llevar por lo que se desee o convenga creer; y en lo moral recomendó algo aún más simple, el amor es sabio y el odio es tonto (Russell, citado en BBC, 1959). La fórmula Russell se puede concretar en dos premisas: el pensamiento científico y la convivencia pacífica, lo que a su vez puede resumirse en una palabra: democracia. Resulta muy interesante que el último gran filósofo liberal, ante una pregunta en caliente tan difícil, apuntara directamente a esos aspectos concretos, que hoy son fáciles de identificar como problemas de la actualidad: los fake news (o posverdad), y la polarización. Russell nos trató de advertir en vano sobre los peligros de vivir en un mundo sin verdad y sin amor, como el de ahora. El caso es que la democracia liberal es el hábitat de la pluralidad, de la legalidad, de la diversidad, de la igualdad jurídica y, sobre todo, de la libertad individual de la conciencia. Además, que sigue siendo hoy la única garantía sostenible de la vigencia efectiva de los derechos humanos.

Bibliografía

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